Energía solar: placas solares y huella de carbono

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Cada día que pasa somos más conscientes de que cada paso que damos, cada luz que encendemos y cada producto que adquirimos deja una marca invisible a nuestros ojos, pero imborrable para el planeta. Una sombra que nos sigue a todas partes y está de algún modo relacionada de forma directa con las finanzas. Existe un método que permite borrar esa mancha oscura y transforma al mismo tiempo el tejado de las viviendas en una fuente de ahorro inagotable.

Lo primero que hay que entender es el concepto inicial, para así poder realizar un cambio significativo. La huella de carbono es ese concepto y se trata de la totalidad de gases de efecto invernadero (GEI) que se emiten de forma directa o indirecta por parte de una persona, organización, evento o producto. Se mide en toneladas de CO₂ y es el indicador más claro y fiel de impacto que producimos en el calentamiento global.

Cada vez que recurrimos al transporte derivado del petróleo, se consume electricidad que procede de fuentes fósiles; cuando compramos alimentos procesados, sumamos números a nuestra cuenta personal de emisiones. No es únicamente lo que quemamos de forma directa; es toda la cadena de suministro que hace posible que los productos lleguen a nuestras manos.

Conocer qué es la huella de carbono es lo que permite poner nombre y apellidos al impacto que producimos en el medio ambiente. Al identificar las fuentes de las emisiones, tenemos el poder de decidir qué aspectos de nuestra vida podemos cambiar y optimizar para ser más sostenibles. La energía solar fotovoltaica es una de las energías que ayudan a reducir la huella de carbono si se utiliza en las viviendas. La instalación de estas placas solares permite obtener energía sin necesidad de recurrir a los combustibles fósiles.

Huella de carbono y huella ecológica: no es lo mismo

Es muy frecuente confundir ambos términos, por lo que hemos recurrido a DGF, instaladores de instalaciones eléctricas, placas solares y cargadores de vehículos eléctricos para que nos lo expliquen. Mientras que la huella de carbono se centra en las emisiones de gases que calientan la atmósfera, la huella ecológica abarca mucho más. Mide la superficie de tierra y agua biológicamente productiva que es necesaria para la producción de los recursos que consume la persona y para absorber sus residuos. Esto incluye el uso del suelo para los cultivos, los pastos para el ganado, las zonas de pesca y, por supuesto, el terreno que es necesario para la absorción del CO₂. De manera que, mientras que la huella de carbono mide lo que emitimos, la huella biológica mide lo que el planeta nos tiene que dar. Ambas son caras de una misma moneda y reducir una ayuda para que mejore la otra.

La relación entre el medio ambiente y la huella de carbono es de causa y efecto. El exceso de emisiones altera los ciclos naturales y provoca el cambio climático que percibimos en forma de olas de calor extremas, sequías prolongadas y pérdida de la biodiversidad.

El aumento de la temperatura global del planeta, derivado de la ineficiente reducción de las emisiones de carbono, está acidificando los océanos y derritiendo los glaciares. Esto no es un problema que afecte únicamente a los osos polares; lo es para la agricultura, la disponibilidad de agua dulce y la economía a nivel mundial. Proteger el entorno natural requiere de forma obligatoria adquirir un compromiso firme para disminuir la huella de carbono. Si no se actúa sobre las emisiones, el entorno en el que nos encontramos cambiará de forma irreversible e inevitable, lo que va a afectar la calidad de vida de las personas de forma directa.

No todos los cambios suponen una gran inversión inicial. Existen medidas para reducir la huella de carbono que se pueden implementar de forma inmediata tanto en los hogares como en los negocios.

La movilidad sostenible, como caminar, utilizar la bici, coger el transporte público o compartir coche, es algo que todo el mundo puede hacer. La eficiencia energética en casa, utilizando bombillas LED, evitando el standby, mejorando el aislamiento y apostando por energías renovables. Aplicar las 3R: reducir, reutilizar y reciclar; comprar menos, dar una segunda vida a los productos y separar los residuos. La alimentación sostenible, reduciendo el consumo de carne roja, evitando el desperdicio y priorizando los alimentos locales y de temporada. El ahorro de agua y los recursos, con duchas cortas, lavados en frío y evitando la secadora. Además de hacer un consumo y utilizar una tecnología responsable, alargando la vida de los dispositivos y apoyando las opciones más sostenibles.

Este tipo de acciones ayuda a reducir la huella de carbono y es el complemento perfecto para llevar una estrategia de sostenibilidad a largo plazo. Los pequeños gestos multiplicados por millones de personas superan a uno grande protagonizado por cien. Además de suponer y generar un cambio real en la curva global de emisiones.

Reducir la huella de carbono con energía solar

Una de las acciones que marcan la diferencia es la transición energética. Reducir la huella de carbono utilizando la energía solar es una de las maneras más eficientes y rentables de descarbonizar nuestra existencia. A diferencia de lo que ocurre con los combustibles fósiles, el sol es una fuente de energía inagotable y limpia. Al instalar placas solares, se deja de depender de una red eléctrica que, en parte, se alimenta de carbón o gas natural. Con las placas solares se genera la propia energía en el lugar en el que se consume, eliminando pérdidas por transporte y las correspondientes emisiones directamente asociadas.

Apostar por el autoconsumo es uno de los pilares centrales para aquellas personas que quieren disminuir su huella de carbono de forma radical, pasando de ser un consumidor pasivo a un productor activo de energía limpia.

Calcular la huella de carbono es un ejercicio de conciencia ambiental que implica entender y conocer lo que se puede ahorrar pasándose a la energía solar. Básicamente, consiste en medir la cantidad de gases de efecto invernadero que se generan con la actividad diaria. Para que el cálculo sea preciso, hay que dividir los hábitos en tres categorías:

  • Consumo energético (alcance 2): la electricidad que se consume en casa. El punto en el que las placas solares tienen su impacto directo.
  • Transporte y movilidad: litros de combustible del coche o viajes en avión.
  • Hábitos de consumo (alcances 1 y 3): uso de gas natural para la calefacción, gestión de los residuos y los productos que se compran.

Aunque existen calculadoras automáticas, la lógica es la misma:

  • Huella de carbono = Dato de actividad x Factor de emisión

El dato de actividad se corresponde con el valor de consumo, por ejemplo, los kWh de la factura o los litros de gasolina; el factor de emisión es la cantidad de CO₂ liberada por cada unidad de la actividad y varía en cada país y con cada fuente de energía.

Un ejemplo rápido y sencillo: se consumen tres mil kWh al año y el factor de emisión de la red eléctrica es de doscientos cincuenta mg de CO₂/kWh; el resultado de la huella eléctrica anual es de setecientos kg de CO₂.

Hablar de huella de carbono e instalaciones fotovoltaicas implica ser técnicos. Una placa solar tiene una huella de carbono asociada a su fabricación, que requiere extracción de silicio, transporte, montaje, etc., pero se paga ambientalmente con menos de dos años de funcionamiento.

Si consideramos que una instalación puede durar de veinticinco a treinta años, se obtienen casi tres décadas de generación de energías con un nivel de emisiones de cero. Cada kilovatio-hora que producen los paneles solares evita la emisión de doscientos cincuenta a cuatrocientos gramos de CO₂ que se producen con la electricidad convencional.

El retorno de la inversión ambiental es sorprendente, ya que una instalación de paneles solares doméstica puede evitar la emisión de hasta una tonelada y media de CO₂ al año, lo que equivale a plantar setenta y cinco árboles adultos al año.

Para las empresas, la sostenibilidad ya no es una opción, sino una necesidad competitiva. Las acciones llevadas a cabo para reducir la huella de carbono no solo mejoran su imagen de marca, sino que ayudan a reducir costes operativos de manera drástica. Las empresas suelen tener su pico de consumo durante las horas de sol, lo que coincide con la curva de producción en las instalaciones de las placas solares. La normativa europea es cada vez más estricta y las empresas con una huella de carbono baja tienen acceso a unas mejores condiciones de financiación y contratos públicos.

En definitiva, la implementación de la energía solar, tanto a nivel doméstico como dentro del ámbito empresarial, es la mejor jugada. En el ámbito doméstico se gana en ahorro económico y se disminuye la emisión de la huella de carbono; en las empresas se cumple con la responsabilidad social corporativa y se protege a la misma ante las subidas en los costes energéticos.

Al contrario de lo que se cree, ser ecológico no es caro. Reducir las emisiones de carbono mediante la energía solar fotovoltaica es una inversión financiera de las más seguras y rentables.

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